Sabes lo que quieres, sabes lo que tienes que hacer para
conseguirlo, y aún así te quedas sentado, esperando lograr mágicamente tu
objetivo sin invertir ningún esfuerzo. Nos hemos convertido en seres muy
cómodos.
Parece lógico creer que debemos dedicar cierto tiempo y
energía a hacer cosas que nos acerquen a nuestras metas. Establecer unas
prioridades, un plan de acción, y llevarlo a cabo con eficacia y, sobretodo,
sin esperar ni un segundo. Pero por algún motivo decidimos que en lugar de eso,
tenemos que esperar a que se den las circunstancias más oportunas. ¿Para qué
forzar las cosas?
La respuesta es obvia: el mundo no es benévolo. No va a
ponernos en bandeja de plata aquello que anhelamos, y que creemos merecer, si
no hemos sido capaces de luchar por ello. La única garantía real de éxito está en
nuestra propia motivación. Si intentamos las cosas con esfuerzo, sin desistir,
llegará el momento en el que alcancemos nuestro objetivo (aunque sea por pura
cabezonería).
En este plan existen dos claves importantes. La primera es,
como ya he dicho, insistir. No importa fallar una, dos, o tres veces, lo
esencial es estar dispuesto a seguirlo intentando. La segunda idea principal es
menos obvia, y también mucho más íntima: ser valiente. Aunque veamos un camino
lleno de obstáculos no podemos quedarnos sentados esperando a que desaparezcan,
hemos de ser conscientes de que podemos sortearlos.
Debemos actuar con valor, resolución y energía, sólo así
obtendremos aquello por lo que luchamos. Como dicen en mi pueblo, “El que
quiera lapas, que se moje el culo.”